2 de junio de 2012

Porquerías


-Leonor está comiendo porquerías.
Fue lo primero que atiné a responder cuando mi madre me preguntó qué estaba haciendo mi hermana.
-¡Porquerías!
-Sí, allá en el corral.
Por un instante se quedó rígida y su rostro pareció oscurecerse, pero enseguida largó el tejido y salió corriendo hacia afuera.
Yo era pequeña, pero sabía muy bien lo difícil que sería compartir el amor de mis padres con esa chiquilla entrometida. Sí, la empujé a propósito. Su cuerpecito se balanceó sobre la cerca y luego cayó de espaldas sobre aquel revuelto asqueroso de lodo y mierda de la porqueriza. Entonces esos monstruos chillones de piel rosa pálido avanzaron a los trompicones y comenzaron a… No recuerdo más, sólo me veo parada, sosteniendo la puerta mosquitero de la cocina de la granja, respondiéndole a mi madre:
-Leonor está comiendo porquerías.

28 de mayo de 2012

Insania


El Director del Neuropsiquiátrico reunió al plantel profesional y en una acalorada arenga prohibió -de manera terminante- que los internos vieran los noticieros de televisión, pues a pesar del marcado aumento de las dosis de antipsicóticos, los pacientes ya están comenzando a creer que lo que allí se muestra sea realidad.

22 de mayo de 2012

Sordos


La verdad tiene patas cortas, solía decir mi viejo...
Decidí realizar un taller de lectura de Borges en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Nunca había leído nada de Borges -ni me interesaba, lo reconozco-, pero me anoté porque quería saber qué tenían para decir los expertos en la materia. En fin, fui para discrepar, siempre me motivó cierto espíritu antagonista.
En el primer encuentro, los participantes dieron su parecer acerca de la obra del escritor, casi todos la consideraban absolutamente inaccesible. Era ése, en definitiva, el motivo principal por cual habían ido allí: para que otro les dijese cómo, cuándo, dónde y por qué leer a Borges. Enseguida me puse del lado de estas personas, por supuesto, pero no porque creyera que fuera inabordable (no lo sabía), sino para mostrar que para entenderlo de verdad había que tener un vasto conocimiento de Filosofía, Literatura, Mitología... como era mi caso, mentí. El otro grupo estaba formado por unos pocos que opinaban que más allá de lo que se supiera de cualquier disciplina, el sentido de sus cuentos se entendía. Esa fue mi oportunidad para esgrimir un argumento irrebatible. Con una soberbia que aún me avergüenza aduje que, por ejemplo, era imposible entender La casa de Asterión (título que acababa de leer de reojo en el libro de mi compañero de banco) si previamente no se había leído la leyenda del Minotauro en alguno de los Clásicos; y nombré a Apolodoro, Plutarco y Virgilio, a los cuales conocía sólo de oídas. Asqueado de inventar patrañas, detuve el debate para confesar la verdad:
-Basta, yo jamás leí un texto de Borges. 
Se hizo un silencio ensordecedor, a la vez que los ojos del grupo se dirigían, expectantes, al coordinador. Al principio, el tipo me miró con recelo, pero luego se levantó entusiasmado y dijo:
-Brillante conclusión la del participante, con Borges sucede eso, ni aún leyendo sus textos podemos decir que los hemos leído- entonces todos me aplaudieron por mi lucidez.

16 de mayo de 2012

Mudos


Fue acercándose en puntas de pie, como si no quisiera despertarme, pero yo no estaba dormido, y él lo sabía. Se inclinó sobre mí, me abrazó con mucha ternura y luego comenzó a hablar en voz baja.
-Nico, quiero que sepas que siempre fuiste lo más importante de mi vida. Nunca antes me animé a decírtelo porque me lo impedía ese estúpido pudor que nos deja mudos cuando queremos decirle algo cariñoso a otro hombre, aunque ese otro hombre, como en este caso, sea mi propio hijo… Si sólo pudieras escucharme.
Claro que lo escuchaba. Entonces tuve ganas de abrazarlo y llorar, de decirle que era un gran padre y que también lo amaba, pero era tarde, hacía varias horas que el frío de la muerte había sellado mis labios.

10 de mayo de 2012

Ciegos


En el pueblo donde vivo creen que soy ciego, y ya no encuentro la manera de demostrar lo contrario. Me ayudan a cruzar la calle, me abren las puertas de los negocios, se hacen a un lado cuando me ven venir con el bastón blanco y sueltan monedas en mi taza de latón cada vez que me siento a descansar en las escaleras de la iglesia.
-Señor, yo no soy ciego- le repito al que se detiene a mi lado.
-Vamos, amigo, que yo no me chupo el dedo- me responde algún que otro malhumorado.
Cierta noche, decidí reunir a los pobladores en la plaza para ponerle fin a este engaño, quería que todos fueran testigos de que podía ver. Pedí que cada uno levantara un objeto y entonces yo lo nombraba. No me equivoqué ni una vez, claro, pero ellos redoblaron la apuesta, desde ese momento me consideraron un fenómeno, un prodigio: El invidente clarividente.
Sólo un niño cree en mí, me acompaña siempre a contemplar el atardecer al borde del río. No logro darme cuenta del momento en el que llega, pero lo reconozco enseguida, con sólo recorrer su rostro con los dedos.

3 de mayo de 2012

Soll seife werden



Ninguno de nosotros creyó que fuera cierto, no al menos en la forma en la que nos lo dijo aquel viejo maestro austríaco de voz cantarina: El jabón se hace con grasa animal, con grasa de cerdo. Aquello nos pareció un disparate, pues era un contrasentido que la mugre se quitara con grasa; pero se lo dejamos pasar sin contradecirlo, inocentes -entonces- de que los humanos pudiéramos superar cualquier límite lógico en busca del beneficio propio. Esto fue hace muchos años, cuando apenas éramos unos críos.
-Herr Kapitän, ya tiene preparados los elementos en el baño- me anunció a bocajarro el Cabo Köller, asustándome y haciendo que mis recuerdos de infancia se alejasen presurosamente de aquel barracón de Dachau. Así que, con un ademán enérgico -como le corresponde a un oficial de la SS-, dejé sobre el escritorio la lista de la nueva carga que el tren acababa de traer al campo... y fui a lavarme las manos.

27 de abril de 2012

Matrioska


Siempre que me encontraba frente a una decisión importante -bueno, vamos, frente a cualquier decisión-, antes de dar el menor paso, me detenía unos segundos a pensar en cómo podía actuar si en vez de ser una persona real, yo hubiera sido un personaje de ficción. Era extraño, lo sé, pero nada grave, un simple desequilibrio mental que no causaba daño a nadie. Sin embargo, esos segundos iniciáticos se fueron transformando en amplios minutos de incertidumbre, ya que comencé a preguntarme cómo reaccionaría -delante de la misma situación- un personaje de Faulkner, o uno de McEwan, o uno de Nabokov, o uno de Proust, o uno de… 
De más está decir que el individuo real ya ni contaba, había sido condenado a representar el papel del último muñeco de mi matrioska existencial.
Así andaba por la vida, literaturizado por las manos de otros. Entonces decidí convertirme yo mismo en escritor, pues consideré que tendría una existencia más normal: en verdad, no hubo otro motivo por el cual me haya dedicado a las letras. La cosa mejoró bastante, ya que me movía con mayor comodidad en ese nuevo escenario y con personajes autogenerados. Pero fue la llegada de los blogs lo que le puso fin a mis problemas. Ahora, cuando tengo que tomar una decisión importante -bueno, vamos, cualquier decisión-, pienso en cómo actuaría un personaje de Humberto Dib y recién después doy el gran paso. Entonces levanto la cabeza, sonrío, miro hacia adelante y me imagino (más o menos a la altura de mi pecho) una frase escrita en verde sobre negro que dice: “Humberto, eres muy bueno, tus finales siempre logran sorprenderme”. Y sigo adelante con mis asuntos, sabiendo que tomé la decisión acertada.

21 de abril de 2012

Las dos nubes



Cierta tarde, un amigo me contó que tenía la facultad de diferenciar las buenas personas de las malas con sólo mirarlas. Me aseguró que no era difícil, ya que una especie de nube oscura y densa flotaba por encima de la cabeza de los malvados.
-Ah, una nube- dije, aparentando indiferencia.
-Bueno, no es exactamente una nube, pero no tengo otra forma de explicarlo.
-¿Y cómo haces para reconocer esa nube?, porque yo no consigo ver nada- confesé, a la vez que giraba el cuello hacia ambos lados, analizando la mollera de los paseantes.
-No sabría decirte cómo, yo lo descubrí sin proponérmelo, pero olvídalo, no es algo que quieras saber, te lo garantizo.
Entonces quise que -al menos- me dijera a cuál de las dos clases de personas pertenecía yo, pero interrumpió mi pregunta con un gesto de pánico, luego se llevó las manos a las sienes y salió corriendo, mientras me gritaba que se había olvidado la leche en el fuego.
A unos metros se dio vuelta, me pareció que se mataba de la risa, pero no puedo afirmarlo, pues el sol no le iluminaba el rostro.