-Leonor está comiendo porquerías.
Fue lo primero que atiné a responder cuando mi madre
me preguntó qué estaba haciendo mi hermana.
-¡Porquerías!
-Sí, allá en el corral.
Por un instante se quedó rígida y su rostro pareció
oscurecerse, pero enseguida largó el tejido y salió
corriendo hacia afuera.
Yo era pequeña, pero sabía muy bien
lo difícil que sería compartir el amor de mis padres con esa chiquilla
entrometida. Sí, la empujé a propósito. Su cuerpecito se balanceó sobre la
cerca y luego cayó de espaldas sobre aquel revuelto asqueroso de lodo y mierda de la porqueriza. Entonces esos monstruos chillones de piel rosa pálido
avanzaron a los trompicones y comenzaron a… No recuerdo más, sólo me veo parada,
sosteniendo la puerta mosquitero de la cocina de la granja, respondiéndole a mi
madre:
-Leonor está comiendo porquerías.






